Don Juan en el Paraíso

Paseando a orillas de la Fontanka, me encuentro con Alexander Sergueievich Pushkin y con Evgeni Onegin. Es una soleada tarde de finales de octubre y me invitan a acompañarlos. Cruzamos el Anichkov Most, pasamos por Gostiny Dvor (donde Onegin quiere ver unas corbatas que acaban de llegar de Londres) y por último nos dirigimos a tomar algo a Eliseevski, el único sitio de San Petersburgo donde tienen jamón ibérico, o eso le han dicho a Alexander Sergueievich. A quien me diga que en tiempos de Pushkin no existía Eliseevski, que la famosa tienda de delikatessen es de tiempos de Tolstoi, le diré que se engaña: si de algo tiene que servir la inmortalidad, es precisamente para pasearse libremente por el tiempo y el espacio, ¿o no?P1060303

Charlando de estos temas, y bastante animado por el jerez con que acompañamos el jamón, Onegin me pregunta con su típica nonchalance de dandy: “por cierto, ¿qué ha sido de nuestro amigo don Juan?”, y Pushkin, que no es nada celoso (o lo es sólo si ve posibilidades de batirse en duelo) se le une en el interés por el personaje de Zorrilla, que reconoce que aventaja en brío al suyo. De esta manera nos trasladamos en un momento de las orillas de la Fontanka a las del Guadalquivir, y allí nos enteramos de la suerte del Burlador…Monumento a don Juan en Sevilla

Don Juan en el Paraíso

Un apretón de manos que produce la muerte por electrocución. Unas cuantas lagrimitas de una joven algo beata pero enamorada. Y he aquí que don Juan, en lugar de irse de cabeza al infierno, por obra y gracia de Zorrilla acaba en el Paraíso. Sacudiéndose los electrones que todavía lleva adheridos a su capa, echa hacia atrás la orgullosa cabeza y con paso firme y decidido se dirige a la “ventanilla única celestial”, oficina habilitada por san Pedro para agilizar los trámites de los recién llegados y posibilitar su plena integración en la sociedad celeste. Don Juan exhibe su pasaporte al angélico funcionario y estampa con mal disimulado desdén todas las firmas que se le piden, no sin preguntar a cada paso la naturaleza y finalidad de cada uno de los documentos. Él, que sabe lo comprometidos e importantes que pueden ser los papeles, quiere estar seguro de todo. Le parece extraña la rapidez burocrática. Pero habida cuenta de donde se encuentra, se explica lo que en cualquier otra dimensión espacial o temporal sería un verdadero “milagro”. Prodigios ha visto muchos, pero este no es el menor: la ventanilla única hace honor a su nombre y en una sola operación ve cómo:

1) se le concede el indulto perpetuo y la exoneración eterna;
2) se le confirma por las autoridades judiciales que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito;
3) se le concede el visado de entrada;
4) acto seguido, se le otorga el permiso de residencia;
5) a continuación y sin mediar más trámites, obtiene la ciudadanía celestial;
6) por último, se le asigna una digna pensión y un alojamiento acorde con su categoría, y se le conserva el tratamiento de “don”.

Todo ello se le antojaría una broma más del Comendador, si no fuera por la cara bastante impávida e inexpresiva (y por qué no decirlo, tan inexpresiva que resulta hasta estúpida) del funcionario que le atiende.
Con la última firma, don Juan suelta un suspiro que más suena a voto reprimido que a otra cosa, levanta de nuevo la barbilla, se da media vuelta y se adentra por su nueva patria con aire retador.
Mira a su alrededor sin grandes expectativas y… ¿qué ve?
Ve a doña Inés, por supuesto.
Pero luego ve a otra doña Inés, y otra, y otra.
Cientos, miles de doña Inés le rodean, mezcladas con otros bienaventurados que naturalmente ni ve porque no le interesan. Millones de doña Inés, todas las angelicales, afortunadas o desafortunadas que en el mundo han sido.
Ahora entiende el alcance de su perdón, ahora se da cuenta de la verdadera dimensión de su admisión entre los círculos de los bienaventurados. Comprende, respira hondo y sonríe satisfecho: ¡Todas las doña Inés para él!

Desde su ventanilla, el funcionario advierte esa sonrisa y ese aligerarse el paso de don Juan. Llama rápidamente al Jefe, pero no hay nada que hacer. A don Juan:
1) se le ha concedido el indulto perpetuo y la exoneración eterna;
2) se le ha garantizado que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito;
3) se le ha concedido el visado de entrada y acto seguido y sin mediar plazos, el permiso de residencia y la ciudadanía;
4) además, debido a su categoría don Juan disfruta de una digna pensión, se le ha asignado un noble alojamiento y por supuesto goza de completa libertad de movimientos.

¿De quién es la culpa? La respuesta está en el aire:
“Señor, la culpa es de Zorrilla”. Y es verdad. “Zorrilla es culpable”, resuena en las bóvedas celestes.
“Zorrilla, al infierno” es la orden perentoria que empieza a rodar de arriba abajo como un peñasco desprendido de la montaña, y que retumba como un eco terrible, rompiendo la armonía melodiosa del Paraíso. El reflejo de un rojo relámpago de ira tiñe de amenazas luciferinas las regiones superiores. Por una fracción de tiempo infinitesimal, de tiempo eterno para los que gozan de la eternidad, todo parece volverse del revés.
-“¡Esperad!”
Un hilo de voz cada vez más lejana, camino de los abismos, se abre paso en dirección contraria.
-“Señor, es Zorrilla”
-“¡Detenedle!” Y Zorrilla es detenido, en efecto, en su caída. Casi sofocado, pide:
– “Sólo una palabra.”
– “Concedido.”
– “Señor;

Altísimo Soberano,
Señor que en los astros reina
gobernando las esferas
de prodigioso arrebol;
Padre misericordioso
con sus hijos pecadores
pues que a salvarlos a todos
su propio Hijo envió;
Espíritu luminoso,
Dios y hombre verdadero,
en misterio trinitario
refulgente como el sol:
pues que sabe mis razones
tu divina Providencia,
y así nada se le esconde
a tu sabio resplandor,
hablaré para los hombres,
mis pecadores hermanos
igual que Inés en descargo
de don Juan a Vos habló.

Si don Juan alcanzó fama
la debió toda a mi pluma
y ninguna sepultura
pudiera empañarla ya,
mas mi intención verdadera
fue hacer perdurar su fama
en la tierra perecible
y en la esfera celestial.

Pues ¿qué fama será aquella
que al terminar este mundo
y pasar todos los hombres
con ellos se extinguirá?
No: yo ansío por vuestra Gloria
para dar mayor ejemplo
que en el Paraíso siga
teniendo fama don Juan.”

-“¡Vive Dios, que soy yo mismo…!” Comenzó a decir el Jefe,
mas un ángel sonrosado y sonriente le frenó:
aplicó un dedo en la frente y mirando hacia Zorrilla,
con su punta de malicia dijo: “pues tienes razón”.
“Además, al fin y al cabo –permitidme que lo diga-
si don Juan triunfó en Sevilla, era bien fácil, Señor.
Pero aquí nuestras Ineses son más duras que las rocas
y temo que serán pocas en ceder al Burlador.”

Don Juan se gira levemente, como si hubiera oído algo. Empieza a dudar: ¿está en el Paraíso o en el Infierno?

Madrid, día de Todos los Santos, 2013.

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Un pensamiento en “Don Juan en el Paraíso

  1. Las líneas de estos párrafos, de estos versos,
    trazadas sobre la superficie lisa del fondo,
    me recuerdan a los surcos de un campo arado:

    los surcos de una mente tan fértil
    como la tierra que te parió.

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