Pesadilla en Westminster (o el síndrome de Bolonia)

Estaba yo hace más o menos un mes en la Abadía de Westminster con una amiga cuando… Un momento, me preguntarán los seguidores de las vanguardias rusas, ¿y esto qué tiene que ver con la Fontanka? Tiene que ver porque la Fontanka está en todas partes, porque la Fontanka está abierta al mundo y porque es un lugar espiritual al que viajamos, igual que Londres, París, Roma o Venecia. Además, desde que Dante Gabriel Rossetti (residente en Londres) fue este verano a Moscú, había que devolver de algún modo la visita…

Los niños del coro de la Abadía de Westminster sin sospechar lo que se les viene encima...

Los niños del coro de la Abadía de Westminster sin sospechar lo que se les viene encima…

Estaba, pues, en la Abadía de Westminster oyendo el servicio vespertino a las 3 de la tarde (que es la forma barata de matar dos pájaros de un tiro: ver la Abadía y oír el famoso coro). Los clérigos con rojas vestimentas iban desgranando lecturas, los niños del coro con sus túnicas también rojas iban cantando salmos y más salmos en sus atriles iluminados, los fieles de vez en cuando intervenían con alguna oración, y los hombres ilustres del Reino Unido miraban desde lo alto de sus monumentos, apoyados en paredes, columnas, capiteles e incluso desde el suelo. La melodía iba subiendo por las naves y se iba concentrando, como si fuera una neblina que poco a poco fue cubriendo al coro y a los fieles (como en una de las escenas del Fantasma de la Ópera). Al principio pensé que sería la bruma del Támesis, filtrándose por los ventanales al atardecer, pero pronto me desengañé, porque una especie de reflector iluminó un rincón de una nave, justo donde se levanta la tumba de Isaac Newton, que reclinado, se inclinó como para escuchar mejor la conversación que varios personajes mantenían a sus pies.

– A mí me han pedido tres publicaciones este año y aquí están.
– Sí, pero ¿están en revistas indexadas sí o no?
– Sí, al menos estas dos, aunque son categoría B. Esta otra no lo sé…
– Si figuran autores extranjeros cuenta para la ANECA.
– ¿Aunque sean actas de un congreso?…

Isaac Newton, experimentando en persona la teoría gravitacional de Bolonia

Isaac Newton, experimentando en persona la teoría gravitacional de Bolonia

Newton carraspeó desde su lecho de mármol, mientras la esfera que corona su monumento se iluminaba con una suave luz dorada.
– Excuse me, please… (dijo como caballero inglés perfectamente educado): ¿puedo preguntar quién le ha pedido a usted tres publicaciones y por qué? I mean: ¿por qué se las ha pedido, y por qué tres y no una o cuatro? ¿No publica usted simplemente cuando quiere o cuando tiene algún descubrimiento importante que comunicar?
A la palabra “descubrimiento”, se movieron también Alexander Fleming y Charles Darwin, que estaban por ahí cerca.
– Bueno… si no publicas no te dan sexenios…
– ¿Y eso qué es? –preguntó Darwin, pensando que sería una especie de grado en la cadena evolutiva.
– El reconocimiento a tu actividad investigadora…
– ¿Quiere usted decir que nosotros estamos enterrados aquí ilegalmente?
– ¿¿??
– Espera, Alexander, creo que hay que explicárselo: nosotros tres (supongo que sabe quiénes somos), igual que esos otros caballeros y damas que están a nuestro alrededor, no tenemos sexenios, y sin embargo, nuestra labor ha sido reconocida por la sociedad y por el mundo entero, que nos debe…
– ¿El qué les debe a ustedes, si se puede saber? ¡Además, sin sexenios tampoco les van a dar la ANECA!
– Pero oiga, joven, ¿cómo se permite hablarnos así?
– Ya pueden decir lo que quieran, que si no tienen la Aneca no son nadie. Además, no tengo tiempo de discutir con ustedes, porque tengo muchas cosas que hacer.
– Pero oiga, si no tiene tiempo, ¿cuándo piensa usted? ¿cómo hace sus descubrimientos? Precisamente estaba yo echándome una siestecita en mi huerto cuando ¡plof! me cayó una manzana en la cabeza y ya sabe…
– No sé nada (-de eso ya nos habíamos dado cuenta-, piensan los tres científicos) y además me tengo que concentrar…
– Pero oiga (terció esta vez Fleming) ¿nunca se distrae? Fíjese que a mi uno de mis despistes me llevó precisamente a mi mayor descubrimiento…
– Y yo fue a base de viajar y viajar y perder años y años por ahí como pude formular mi teoría (claramente hablaba Darwin)…

Charles Darwin contemplando su propia tumba en la Abadía de Westminster

Charles Darwin, seriamente preocupado, se pregunta si le echarán de su tumba en la Abadía de Westminster al no tener ningún sexenio.

A la palabra “viajar”, a nuestro personaje se le iluminó la mirada y, parcialmente, el cerebro.
– ¿Lo ve? seguro que le dieron una movilidad. ¿A dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? Aunque, bien pensado, tampoco me importa mucho: a mi me han dado una en mi casa y me la volverán a dar en cuanto la pida.
Los tres científicos se miraron y se llevaron el dedo a la sien con un elocuente movimiento circular. Pensando que se había escapado de alguna institución benéfica, preguntaron lo más discretamente posible:
– Entonces, ¿de dónde ha dicho usted que se ha esca… , digo, que viene?
– De … (y citó un lugar de España, aunque esto es lo de menos. Podía haber sido cualquier otro lugar o cualquier otro país).
– Ya, un poco lejos de aquí… ¿y trabaja en…?
– La universidad tal y cual (aunque esto es lo de menos: podía haber sido cualquier otra).
El globo sobre la cabeza de Newton adquirió tonalidades fosforescentes, y por un momento pareció que el coro de la Abadía entonaba a pleno pulmón “¡Bolonia!”, aunque puede que quienes exclamaran ¡Bolonia! fueran los tres hombres de ciencia, no sé. El caso es que en aquel instante se levantó una especie de viento y pasó volando la peluca de Haendel, bastante parecida a la que llevan los jueces del Temple, por cierto. No sé si fue el viento, o la fosforescencia del globo de Newton, el caso es que más personajes parecieron animarse en sus monumentos, interesados por la conversación y dispuestos a intervenir en ella.
– Enseñar a la juventud: ¡hermosa misión, la más noble de todas! -exclamó Haendel, que iba en busca de su peluca y que solo había oído la última frase. Sin duda sentirá usted una gran satisfacción a la par que una gran responsabilidad al infundir en las jóvenes mentes los principios de su ciencia…

Monumento a Haendel  en la Abadía de Westminster

George Friedrich Haendel, ciudadano alemán, de (in)movilidad permanente en la Abadía de Westminster

Nuestro personaje y sus acompañantes guardaron silencio unos segundos. No estaban acostumbrados a aquel lenguaje anticuado y les llevó un tiempo comprender. Al final contestaron:
– No se crea usted, la verdad es que yo lo hago por dinero…
– Y yo porque no sirvo para otra cosa…
– Pero señores: ¿qué mayor satisfacción que transmitir el propio saber? –insistió Haendel, que como buen alemán era un poco machacón-.
– Pues yo con cumplir ya tengo más que suficiente: como siempre me están cambiando de asignatura, comprenderá usted que no tengo ni idea de la materia que me toca dar…
– ¡No diga insensateces, joven! ¿Cómo no va a saber de lo que enseña? Es como si para enseñar música a las huerfanitas de Londres no me hubieran elegido a mí, sino a un relojero… sentenció Purcell, sumándose a la polémica.
– Pues más o menos, pero a mi eso no me importa. Yo con tal de que me den las encuestas positivas y que no me echen…
– Pero vamos a ver: ¿a usted no le importa lo que aprendan sus discípulos? Yo por ejemplo estoy muy contento con mis huerfanitas, que son capaces de cantar perfectamente las óperas que escribo para ellas…
– ¡Pero qué dice usted, hombre! ¿no se ha enterado de que ahora el alumno es el que tiene que aprender a aprender?
– ¿¿¿??? Haendel se ajustó la peluca en la cabeza, con gesto desconcertado. Se la volvió a quitar. Se la volvió a poner. El órgano tocaba uno de sus himnos, pero él no parecía darse cuenta. Nuestros profesores aprovecharon la pausa para lanzar un nuevo ataque.
– Conocimientos, pero sobre todo destrezas y habilidades.
– ¡Y aptitudes! ¡eso es lo fundamental!
– Lo dice la guía docente.
-Hay que medir el tiempo de horas del trabajo del alumno…
– Y calcular cuánto les va a llevar hacer cada uno de los ejercicios que les pongamos.
Aquí Newton se interesó de nuevo:
– ¿Tienen ustedes algún tipo de cronógrafo especial? Yo conozco un relojero holandés que es el no va más y podría, si ustedes le exponen sus necesidades, construir un instrumento de alta precisión…
– Ese relojero: ¿tiene sus patentes y utilidades reconocidas por la Aneca? por que si no, no nos vale. Además, es el encargado de área el responsable de elaborar el cronograma y de hacer que encajen los créditos ECTS. Al fin y al cabo, se trata de un contrato que hay que firmar con el alumno.
A estas alturas, los científicos estaban completamente perdidos. Pero precisamente lo absurdo del lenguaje fue lo que atrajo la atención de los literatos. Oscar Wilde se levantó entusiasmado:

Oscar Wilde ha aprendido por experiencia que lo mejor es presentarse de forma discreta...

Oscar Wilde ha aprendido por experiencia que lo mejor es presentarse de forma discreta…

– ¡Bravo! ¡Bravo! En mis tiempos de Oxford nunca oí nada igual: qué pena no haberles conocido antes a ustedes: hubiera escrito de otra forma El retrato de Dorian Gray y La importancia de llamarse Ernesto.
– No sé, no estoy tan seguro… -dijo Shakespeare, dubitativo- no veo el drama, la acción, la vida…
– “Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir” –se autocitó Wilde.
– Tú y tus frases… ya puedes decir lo que te dé la gana, que si no hubieras vivido, no habrías tenido que contar, igual que estos señores profesores, no les van a contar a sus discípulos simplemente lo que está en los libros y ya está, ¿verdad?
– Tiene usted razón: cada vez más les contamos más lo que vemos en Internet…
Haendel se volvió a quitar la peluca, boquiabierto. Oscar Wilde volvió a la carga:
-“La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse.”
Y Shakespeare siguió con su disputa literario-existencial:
– A ver, Oscar: hagamos un experimento y trasladémonos todos al fondo de la Abadía.
– ¿Nosotros también? preguntaron los músicos, los científicos y los profesores universitarios al mismo tiempo.
– ¡Todos! ¡hala, venga! -Y les guió hasta las tumbas de Isabel I y María Estuardo-. He aquí, señores, el argumento de mil dramas: intrigas políticas, pasiones amorosas, celos, venganzas… y todo en tales dosis y en tal proporción mezclado, que lo mismo pueden servir para dirigir las simpatías del espectador hacia María, como hacia Isabel. Yo mismo hice la experiencia en Julio César, si recuerdan… Pero al grano: el hecho incontestable es que Bruto mató a César, y que Isabel cortó la cabeza a María, y que allá donde esté, es decir, aquí mismo, debe resultar difícil para la reina de Escocia compartir la tierra con la de Inglaterra…

Isabel I momentos antes de recibir la noticia de su acreditación

Isabel I momentos antes de recibir la noticia de su acreditación

María Estuardo, notablemente recuperada de su última operación, intentando convencer al Ministerio para que apruebe su proyecto

María Estuardo, notablemente recuperada de su última operación, intentando convencer al Ministerio para que apruebe su proyecto

La verdad es que a mi este tipo de discurso, en un lugar como este y visto el comportamiento de los personajes ilustres hasta ese momento, me parecía bastante peligroso. No era superstición, es que las palabras de Shakespeare equivalían prácticamente a convocar a María Estuardo y a Isabel I. El globo de Newton, que nos había seguido hasta las tumbas reales, empezó de nuevo a brillar con extraños fulgores, y mis temores se confirmaron porque vi incorporarse, rodeada de perlas, a la reina Isabel, e inmediatamente después y con las manos en la cabeza, a María Estuardo. La situación era tan tensa que hasta el órgano dejó de tocar y el coro enmudeció por completo. Yo estaba aterrorizada y fascinada al mismo tiempo. Quería huir, pero por otra parte se me presentaba una ocasión única. Sentí un fuerte olor a tabaco y después un empujón. I’m sorry, -dijo Churchill, atraído por la intensidad histórica del momento, que no se quería perder.

Empezó el duelo entre las damas. ¿El duelo?

– My dear Mary! ¡Cuánto, cuantísimo tiempo sin verte!
– My dear Elizabeth! ¡Lo mismo digo! Te veo estupenda (-muac, muac, resonó el doble beso en las naves de la Abadía, para estupefacción de los presentes-), te veo la piel mucho mejor que antes, ¿qué es lo que usas?
– Lo que no uso, querrás decir… desde que dejé aquellos afeites llenos de plomo me va mucho mejor. Y tú, ¡vaya melena! ¡cómo te ha crecido desde la última vez! ¡quién lo iba a decir…!
– Desde luego, no hay nada como sanear las puntas de vez en cuando, y eso que te tengo que agradecer, porque en mi nuevo cargo cuenta mucho la imagen…
– Entonces, Mary, ¿qué dices que te han nombrado?
– Reina de la Laguna Estigia.
– Pero ¡qué estupendo! ¡Así podemos presentar juntas un proyecto de investigación!
Aquí los profesores, que se habían aburrido no poco con el discurso de los poetas (no en vano habían dejado plantado a uno no hacía mucho en su universidad), levantaron las orejas como perros de caza.
– ¡Ay, sí, qué fenomenal, porque además me han dado fondos más que de sobra! ¿Qué te parece “Los ríos en la Historia de Inglaterra”?
– Demasiado genérico, en la última reunión el encargado de proyectos nos dijo que tenía que ser multidisciplinar pero concreto, transversal pero monográfico, abierto pero…
– … cerrado? Vamos, a nosotras nos van a venir con esas, a estas alturas. Mmmm… (-con gesto de Vicky el vikingo-) ¡ya lo tengo! “Lagos y fronteras: del Ness a la Estigia pasando por Kensington Gardens. Dinámicas de poder y conflictos de género en épocas de globalización y cambio. Una propuesta metodológica para un modelo de desarrollo sostenible”.
– ¡To-ma! – exclamó María con admiración- Está claro que no puedo prescindir de ti y de tus contactos para presentar el proyecto. Además lo de la propuesta metodológica y el desarrollo sostenible entra dentro de las líneas prioritarias, ¡como lo del género! Y así de paso podemos montar también un programa de doctorado y un master internacional, con mis conocidos de la Estigia…

Shakespeare, que se había puesto primero blanco y luego amarillo, se puso finalmente rojo y dio un puñetazo en el mármol que tenía más a mano.

Shakespeare intentando poner orden en sus certificados

Shakespeare intentando poner orden en sus certificados, momentos antes de ser interrumpido por las disputas académicas

– Pero majestades, ¿esto qué es? Señora (dirigiéndose a Isabel I), ya sabéis que siempre he sido vuestro leal súbdito, pero ¿no os avergonzáis de hacerle la pelota a María después de haberle cortado la cabeza? Y vos, María: ¿cómo os dignáis tratar con Isabel después de lo que os hizo?
– Tonterías, Bill, y nada más que tonterías! ¿Vergüenza, dignidad? Eso jamás nos lo tendrá en cuenta la Aneca.
– ¡Y además, no puntúa! –terciaron los profesores, de nuevo en su elemento-.
– Pero -insistió William intentando usar argumentos más literarios- ¿y la justicia poética? ¿y la tensión dramática?…
– ¿Olvidas que también escribiste comedias?
– Pero, pero, pero, majestades… –tartamudeó Shakespeare al estilo de Hugh Grant delante de Julia Roberts.
– ¡Ni peros, ni nada, Bill! –sentenció la reina María- ¡Además, hay cosas que solo puede comprender alguien nacido en las Tierras Altas!

– Si es así, señoras –dijo Shakespeare muy digno, levantando la cabeza- yo os dejo y me voy a la Fontanka, a comer unos pelmenys.
– Me voy contigo –dijo Churchill- así de paso saludo al bueno de Pepe, que no le veo desde Yalta…

Sir Winston Churchill se dirige a la Fontanka con ánimo de indagar las relaciones secretas entre el Politburó y la Aneca

Sir Winston Churchill se dirige a la Fontanka con ánimo de indagar las relaciones secretas entre el Politburó y la Aneca

Mientras se alejaban, seguidos de varios hombres ilustres más, los profesores se arremolinaron, dándose empujones, en torno a las dos reinas. Era tal la confusión que solo pude distinguir palabras sueltas, porque todos gritaban a la vez: ¡movilidad!, ¡tesis!, ¡sexenios!, ¡publicaciones! Eso me pareció oír. Digo me pareció porque a la algarabía se sumó el coro de los niños, que abandonaba su decoro gótico y se lanzaba al desenfreno entonando una especie de gospel, que acompañaba con convulsos movimientos. Era el fin.
Vi que la esfera de Newton volvía a iluminarse con unos caracteres que iban poco a poco formando palabras.
En ese momento, solo en ese momento, me acordé de mi amiga y vi que ella también estaba boquiabierta mirando la bola. La agarré del brazo. Era cuestión de segundos, antes de que la bola bajara, como en la Puerta del Sol.
– Vámonos a un pub –dijimos al unísono, y salimos corriendo. Nada más dejar la puerta a nuestras espaldas, oímos un estruendo espantoso. La nave central se derrumbaba, y por encima de los escombros flotaba la bola, iluminada:

¡FELIZ BOLONIA 2014!

¿O era la luna?
A mis pies vi un objeto lanoso y lo recogí. Era la peluca de Haendel. Aleluya.

Pánico en Londres. Tras el derrumbe de la Abadía, la gente huye despavorida al ver que el globo de Bolonia amenaza el Parlamento

Pánico en Londres. Tras el derrumbe de la Abadía, la gente huye despavorida al ver que el globo de Bolonia amenaza el Parlamento

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7 pensamientos en “Pesadilla en Westminster (o el síndrome de Bolonia)

  1. Tras haber sido calificado como genial, creo que no puedo superar la puntuación. 😉 Tiene una curiosa analogía con la vida estudiantil. Quizás es buen momento para proponernos eso que decimos de vez en cuando de no hacer nada que no vayamos a disfrutar, es antihumanístico.

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