En busca del pequeño Nicolás (el síndrome de Bolonia III)

Confieso que tengo los sexenios muertos. Confieso que no me invitan a ninguna tesis ni proyecto de investigación institucional. Confieso, en pocas palabras, que hoy por hoy soy un paria académico. Lo de los sexenios en especial me tiene a mal traer, porque no se opera con un par de almohadillas de silicona. Ni siquiera con un pinchacito de bótox. Qué va. Sólo de pensarlo me dan escalofríos, pero conozco la solución y estoy dispuesta a todo. A TODO, con tal de resucitar a mis pobres sexenios menopáusicos.

En exclusiva para nuestros lectores, la próxima campaña de la CNEAI para la convocatoria de sexenios

En exclusiva para nuestros lectores, la próxima campaña de la CNEAI para la convocatoria de sexenios

“TODO” significa conseguir una publicación científica de alto impacto. Y cuando digo “alto impacto” quiero decir altísimo. Tipo 100 consultas en una hora, 200 citas en una sola semana (sin contar retwitteos ni rewhattssapeos, que eso para la Aneca no cuenta, al menos de momento). Y tipo (ya me lo imagino) el próximo “Princesita de Asturias” de Ciencias Sociales. Por menos no me van a recauchutar los sexenios, de eso estoy segura, porque no conozco a nadie en la comisión. Pero la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, es que en el fondo a mi no me interesan los sexenios, sino el conocimiento puro, el goce de la investigación, el mariposeo de la sabiduría. Como hace poco comí unos “espárragos Kant”, estoy en modo “sapere aude”.
Porque audacia es lo que se necesita para adentrarse en los procelosos mares de la ciencia…
Impacto de este blog en el último trimestre
Así que armada de metodología, me dispuse a plantear un tema de investigación de alto impacto, con aplicación inmediata al campo del desarrollo social (como especifican las convocatorias RETOS y EXCELENCIA del Ministerio):
El caso del pequeño Nicolás: antecedentes históricos, análisis etológico de las variables sociales, políticas y económicas y proyección político-escatológica en un periodo post-transicional. Diseño de un modelo de política autosostenible y propuesta para su aplicación en el ámbito internacional”[1]
Esto último es muy importante, porque como todo el mundo sabe, el medio ambiente es una de las líneas prioritarias del Ministerio. Y más autosostenible que el pequeño Nicolás me parece no hay nadie… pero eso ya es una hipótesis.

Agentes de la Aneca evalúan el impacto medioambiental de un proyecto autosostenible, al que preguntan infructuosamente si pertenece a la plantilla de la entidad solicitante o asociada como personal investigador, tiene formalizada con ella su vinculación funcionarial, estatutaria o laboral (indefinida o temporal), y todos los demás requisitos para pasearse de esa manera por la playa.

Agentes de la Aneca evalúan el impacto medioambiental de un proyecto autosostenible, al que preguntan infructuosamente si pertenece a la plantilla de la entidad solicitante o asociada como personal investigador, tiene formalizada con ella su vinculación funcionarial, estatutaria o laboral (indefinida o temporal), y todos los demás requisitos para pasearse de esa manera por la playa.

Lo de que el proyecto sea exportable es también importantísimo, porque además da lugar a la creación de micro-redes de expertos, lo cual en este tema concreto tiene un montón de posibilidades, tanto en el EEES (Espacio Europeo de Educación Superior, en jerga Bolonia, y estoy pensando en Italia) como en el área latinoamericana, donde puntúan mucho los proyectos para el desarrollo (y aquí no excluyo una colaboración directa con la Kirchner).
Lo de los antecedentes históricos es algo que se pone en todos los proyectos, pero en este además está chupado, lo que me anima mucho. Además se presta a un enfoque multidisciplinar, que también mola, y así de paso meto a mis amigos filólogos que suelten su rollo sobre Rinconete y Cortadillo. Ahora queda la parte central, que es el trabajo de campo propiamente dicho… ¿cómo abordarlo? Para ello tengo que elaborar una metodología única y original, para poder obtener en su momento las correspondientes “patentes y utilidades”…

Patente de traje sexy para evitar el contagio de los sexenios radiactivos.

Patente de traje sexy para evitar el contagio de los sexenios radiactivos.

Tanto pensar y pensar, no digo que se me secó el cerebro como a Don Quijote, pero sí que empecé a notar algo de congestión, lo cual unido a un poco de moquillo, comenzó a inquietarme ligeramente: ¿habría contraído el ébola???? Miré en el cajón de las medicinas y encontré una aspirina efervescente Bayer auténtica, “made in Germany”, que conservaba de mi último viaje a Alemania. Me la tomé y enseguida noté el efecto Merkel, porque de golpe y porrazo me encontré en otra dimensión…
– No ha sido la aspirina, hemos sido nosotros…dijo Pushkin.
– Te echábamos de menos y además, necesitas nuestra ayuda –añadió Shakespeare.
– Así que –continuó Alexander Sergeievich- te hemos traído a dos expertos, que seguramente ya conocerás: Nicolai Gogol…
Enchanté
– Y Su Excelencia el Príncipe Grigori Potemkin…
Madame

Procuré estar a la altura, pues “en ninguna parte se saluda la gente con tanta distinción y soltura como  al encontrarse en Nevsky Prospekt”, y más teniendo en cuenta que estaba delante al autor de esta frase, al que sólo me había encontrado hasta ahora por las calles de Moscú. En cuanto al príncipe, extendí mi mano todo lo principescamente que pude, e hice una principesca inclinación. Afortunadamente, llevo desde el verano leyendo su biografía, así que sabía a qué atenerme. Potemkin no había tenido que venir de muy lejos, ya que su palacio (antes llamado Taurida, después Annichkov) está precisamente en la Fontanka, junto al famoso puente.

Gogol escondiendo blinis y caviar en su abrigo para alimentar sus quinquenios y sexenios

Gogol escondiendo blinis y caviar en su abrigo para alimentar sus quinquenios y sexenios

– Pero sigamos… prosiguió Pushkin
– ¡Un momento! -interrumpió Potemkin, siempre amigo de mezclar los negocios con el placer, con mucho placer- antes que nada, vamos a pedir algo, ¿no? jamás pude resolver una crisis ni una batalla sin comer, sin beber y sin…ejem   y me miró con el rabillo del ojo, como si yo no supiera que en plena campaña de Crimea hacía disparar los cañones para celebrar sus triunfos amorosos… ¡Camarero! ¡champagne! ¿o prefiere usted vino de Málaga, chérie? a mi querida Katiusha le sienta estupendamente bien… ejem…

(Caramba! pensé… ¡vaya ocasión para escribir otro artículo de impacto en alguna revista indexada! ¡Catalina la Grande y Potemkin cara a cara!!!!!)

Potemkin disuadiendo a Catalina la Grande de que se ponga a dieta, si no quiere que se le mueran los sexenios

Potemkin disuadiendo a Catalina la Grande de que se ponga a dieta, si no quiere que se le caigan los sexenios

– Traiga a una orquesta para que toque, y vaya trayéndonos esturión, ostras, caviar…
– Lo siento, señor, aquí solo tenemos blini con smetana…
– Tome, hombre, vaya a la tienda de Eliseevski y no dé más la lata… ¡ah, qué tiempos, qué decadencia, mucho hablar de los nuevos magnates rusos, pero a la hora de la verdad…!

Debo aclarar que nos encontrábamos en la cafetería de la Casa del Libro (Dom Knigi), en la última planta del edificio Singer, en plena avenida Nevsky. La bola de cristal situada en la torre del edificio atraía el sol desde Madrid y comunicaba al interior un calor primaveral igual al que se disfrutaba en España. Pensé en el jamón pata negra que cuelga en Elieevski, pero recordando la prodigalidad del príncipe, decidí no preocuparme. El camarero volvió enseguida con varios carritos cargados de comida y botellas y empezó a servirnos blini con caviar. La gente de las otras mesas nos miraba asombrados y con un poco de envidia.

El edificio Singer, espectralmente iluminado al atardecer...

El edificio Singer, espectralmente iluminado al atardecer…

– Bien, vayamos al grano -dijo Shakespeare, con su sentido práctico de buen inglés, mientras alargaba el brazo para coger una botella de amontillado- los quinquenios de momento no deben preocuparnos…
Al oír la palabra “quinquenios”, noté sobresaltada que mi blini se movía. Juraría que vi asomar por su borde una perilla…
– Si bien en la convocatoria del año que viene habrá que tenerlos en cuenta, porque se cumple el plazo de cinco años y…
En eso el blini saltó y de debajo salió Lenin en persona, extendiendo el brazo y el dedo en dirección a Potemkin, a quien casi deja sin el único ojo sano que tenía:
– ¡Camaradas!¡nada de dudas burguesas!¡los planes quinquenales han de ser cumplidos para mantener la credibilidad del partido!¡el partido garantiza la productividad por los planes quinquenales y el trabajador debe ajustar su ritmo a las previsiones del estado!
Como se ve, Lenin soltó su parrafada sin que nadie le interrumpiese, porque todo el mundo se había quedado boquiabierto, pero fue entonces cuando comprendí la razón de la presencia de Potemkin, que alto, corpulento y con su casaca tintineante de piedras preciosas, de un movimiento certero dio un puñetazo en la cabeza a Lenin y lo volvió a meter debajo del blini, apretando con fuerza:
-¡Estos bolcheviques! ¡mira que volver a estas alturas!
– Estamos en Halloween, será por eso -terció Shakespeare-
– Qué va, no lo creo, es siempre así, recuerda Westminter…
– Ya… dijo Gogol… pero con esto de los difuntos, creo que sí puedo ayudar: si no me equivoco, se trata de tener siempre vivos los sexenios, no?
De nuevo vi el borde del blini levantarse, y salir una nueva perilla: esta vez era Trotsky que, enardecido y con los ojos a punto de atravesar sus anteojos, empezó a gritar como un desaforado no sé qué de la revolución permanente y de sus índices de impacto, quiero decir, de su extensión mundial… Imitando el movimiento de Potemkin, apreté con fuerza el blini contra el plato, y me mantuve así el resto del tiempo. No me extraña que luego me salgan contracturas.
– Como iba diciendo antes de la aparición de ese energúmeno, yo puedo traerte a Chichikov, experto en vender almas muertas, cuánto más unos simples sexenios…
– Me parece una excelente idea, dijo Pushkin, orgulloso de su estrafalario protegido.
– No está mal, dije yo, aflojando un poco la presión sobre el blini, momento que aprovecharon Lenin y Trotsky para saltar otra vez: ¡la revolución permanente! ¡la continuidad de la producción! ¡el plan quinquenal! ¡el estajanovismo! ¡la organización científica del trabajo!
– ¡Y la madre que te parió! soltó rotundo Potemkin, aplastando de forma definitiva el blini con una mano, mientras que con la otra se llevaba a la boca un canapé de salmón ahumado… Mmmm…. no está mal este salmón rosado… Por lo que a mi respecta, ma chèrie, ya sabe que yo tengo influencias… en fin, para qué andar con modestias: ¿quién se cree que la sacó de la Lubianka?
Y me sirvió con sonrisa picarona una copa de vino. En eso se hizo la luz en mi pobre cerebro anequizado:¡pues claro! ¿cómo no se me había ocurrido antes? había sido él, zar en la sombra, quien con su larga mano había abierto las puertas de aquella sórdida prisión…
– De manera, que bien me puedo encargar de que la comisión evaluadora apruebe el proyecto de investigación…
– Príncipe… -dudé un momento en el tratamiento- Alteza Serenísima…
– Llámame Grigori, o mejor aún Grisha, pequeña -dijo extendiendo su brazo por el respaldo de mi silla: ¿no estaría pensando en convertirme en otra “sultana” de su harén? Conservé la calma. Al fin y al cabo estábamos en un lugar público, aunque a él eso no le importó nunca demasiado.

Potemkin haciendo de las   suyas en sus años mozos, en calidad de Comandante de la Escuadra del Mar Negro.

Potemkin haciendo de las suyas en sus años mozos, en calidad de Comandante de la Escuadra del Mar Negro.

– Alteza Serenísima, una cosa es el Kremlin, una cosa es la Lubianka, y otra cosa es el Ministerio…
– Bla, bla, bla, tonterías, la condición humana es siempre la misma.
-¡Y usted que lo diga! suspiraron al unísono Shakespeare, Pushkin y Gogol.
– Y además -dijo este último- cosas más absurdas que las que he contado yo, seguro que no son capaces de inventar los de la Aneca.

Iba yo a replicar que no estaba tan segura, cuando me interrumpió un estruendo de sirenas en la calle. La gente corrió a los ventanales para ver lo que pasaba. Varios coches oficiales se detuvieron a la puerta del edificio. Al cabo de unos minutos, se oyeron pasos precipitados por las escaleras y empezaron a entrar agentes de seguridad.

-¡El presidente Putin! -exclamó la mayoría del público.
-¡El Inspector General! -exclamaron Pushkin y Gogol.
-¡El pequeño Nicolás! -exclamé yo, un poco decepcionada, cuando vi aparecer al personaje en cuestión.
-Pero bueno, ¿tú también aquí? -le pregunté.
-Pues claro, es un desayuno de trabajo, no?
– Déjale hablar al chico, es una máquina -soltó Potemkin, para asombro mío- además es bien majete, el chaval…
– Je, je, je -se hizo eco el pequeño Nicolás- pues verás: yo te relleno los papeles y los presento en plazo al Ministerio, a cambio tú me pones de IP; además, a ti te tramito la renovación de los derechos de autor en la SGAE -dijo dirigiéndose a Shakespeare-, a ti te soluciono ahora mismo lo del duelo porque conozco a un abogado que es la caña -esto iba por Pushkin, evidentemente- y a tí -se quedó unos instantes pensando qué podía ofrece a Gogol- te arreglo inmediatamente lo del pasaporte ucraniano, porque soy alto comisionado del gobierno de Poroshenko para la recuperación del patrimonio literario de Ucrania.
– ¡Toma ya!
– ¿No os lo decía yo? El tío es un crack…
– Sí, sí -intenté advertirles yo- pero ojo que este se queda con todo y luego os deja plantados…
En eso vi que los blini saltaban de nuevo y que el pequeño Nicolás aprovechaba para hacerse un selfie con Lenin y Trotsky.
– ¡Camaradas! ¡No os preocupéis! ¡con los contactos que tengo en la Aneca, triunfaremos! ¡Viva la revolución permanente! ¡Muerte al enemigo de clase!¡Burocracia o muerte, venceremos! (a ver, ¿dónde metió Stalin el oro de Moscú? irme contando, que mientras contesto un whattsapp de la conferencia de rectores …)

El pequeño Nicolás recibiendo de la Aneca la medalla de Héroe de la Unión Soviética

El pequeño Nicolás recibiendo de la Aneca la medalla de Héroe de la Unión Soviética

William, Alexander, Nicolai y Grigori me miraron desconsolados. Yo solté el tenedor, más desconsolada todavía. El pequeño Nicolás se había adueñado del mundo académico.
Me llevé la mano a la frente. Definitivamente, tenía el ébola.

Sin comentarios.

Sin comentarios.

[1] Para el público no español, aclararé que el “pequeño Nicolás” es un joven de 20 años que para hacer negocios y establecer contactos se ha hecho pasar por alto cargo e incluso funcionario del Centro Nacional de Inteligencia, consiguiendo colarse incluso en la coronación del Rey.

Anuncios

2 pensamientos en “En busca del pequeño Nicolás (el síndrome de Bolonia III)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s