Bajo el Telón del Grelo (el síndrome de Bolonia IV)

El Greco tenía razón –pienso cuando veo la nieve en la sierra de Segovia, y el cielo de Castilla, aborrascado. La tierra alta, las nubes bajas, dan casi la impresión de viajar en avión. Casi porque al llegar a la tierra de las meigas, el espacio se dilata y el tiempo deja de existir tal como lo conocemos. Einstein tenía razón. Y Stephen Hawking también, porque al llegar a la estación el agujero negro de la niebla me devora. Vengo de expedición científica a la ilustre ciudad jacobea, pero ya me preparo para todo tipo de fenómenos paranormales y sobrenaturales.

Las torres de San Miguel, después de los croques

Las torres de San Miguel, después de los croques

Por la mañana me asomo a la ventana y me doy un croque con el techo abuhardillado. Me llevo la mano al chichón y me doy la vuelta:
-¡Oneguin! ¿qué haces aquí?
– He venido por ti… me tienes abandonado…
Como estoy preparada para todo tipo de fenómenos paranormales, no me extraño demasiado, pero aun así no puedo evitar darme otro croque. Podría ser que lo que empieza a suceder sea resultado de los croques, pero que yo sepa, estos afectan a la visión, y no al oído, ni al tacto… Oneguin se acerca peligrosamente:
-¡ya! ¡te conozco! no hay como darte caña para que reacciones, ¿verdad?
Evgeni se acerca peligrosamente. Ya no se puede acercar más, porque me abraza con fuerza… no, no es el croque, ni yo soy Tatiana. Después de todo, he venido en misión científica y estoy dispuesta a sacrificarme en pro de la historia, la literatura y el arte. Mi mente privilegiada se pone a pergeñar sobre la marcha un artículo de impacto. De mucho impacto. Exulto de la emoción. Croc. Otro croque. El impacto.
-¡Evgeni! –voy a decir: soy toda tuya, emprendamos nuestro proyecto i+D+i- pero él me estruja aún más y me susurra al oído:
– No es lo que parece…
Me extrañan tantos miramientos cuando estamos solos ¡solos! Aunque quizá Rosalía de Castro desde la mesilla de noche… quién sabe…

La amargada de Rosalía, intentando frustrar mis planes de I+D con Oneguin

La amargada y envidiosa de Rosalía, intentando frustrar mis planes de I+D con Oneguin

… No es lo que parece: he venido a salvarte.
– ¡OH, mi héroe! –exclamo en pleno arrebato literario romántico, mientras mi mente fría y cartesiana se pregunta con lógica kantiana: ¿salvarme? ¿de qué? Pero da igual-.
– Lo sé todo. Tus enemigos son los míos. Los amigos de Bolonia son tus enemigos. Ergo… -sigue él con su lógica aristotélica, pillando raudo y veloz mi onda- Tenemos que neutralizar al enemigo, y por eso he venido. Aquí tengo contactos. Hay que deshacer la conspiración ¡Pronto!
Y de un tirón que me hace pegarme otro croque, me saca en volandas al espacio exterior, a las rúas vacías y resbaladizas, al orvallo melancólico y fontanesko. Se ve que Oneguin está como en su casa.

Las puertas de San Martín Pinario: dejad toda esperanza los que entráis...

Las puertas de San Martín Pinario: dejad toda esperanza los que entráis…

Por un pasadizo tétrico y musgoso que conecta San Martiño Pinario con la catedral, me va explicando atropelladamente:
-Se trata de una conspiración mundial. Ya no eres tú sola: la negra mano de la secta anequil ha llegado hasta Irán
¿Hasta Irán? ¡Claro, por eso estábamos en ese instante frente a Santiago Matamoros!

Santiago Matamoros, enviando un mensaje encriptado a Oriente Medio

Santiago Matamoros, enviando un mensaje encriptado a Oriente Medio

El caballo se encabritó. Por debajo de las flores puestas por el Ministerio para disimular sus bajas, me pareció ver alguna testa decapitada de la infausta secta boloñesa. El caballo se encabritó y el Apóstol clamó, con voz de trueno que hizo vibrar el Botafumeiro:

Las fuertes amarras que sostienen el botafumeiro evitaron una desgracia entre los peregrinos

Las fuertes amarras que sostienen el botafumeiro evitaron una desgracia entre los peregrinos

-¡Oneguin! Date prisa: recuerda que a las 4 en punto tienes que ir a echar una mano a Potemkin contra el Gran Turco!
-Sí, señor St. James! –contestó Oneguin, que cuando se pone dandy y londinense, no hay quien lo pare. Y dio un nuevo tirón.

-Caramba, Evgeni, te veo muy en forma, se ve que ahora has dejado el spleen y te dedicas a hacer pesas.
-A la fuerza, tú me dirás, con estas misiones secretas que me encomiendan…
Empecé a sospechar si Oneguin tendría que ver algo con James Bond. Su anglofilia era un indicio, desde luego. Mejor que mejor, porque el MI5 podía ser un aliado formidable contra la Aneca. Siempre en volandas, subimos a dar el abrazo al Apóstol. Observé que Oneguin manipulaba una de las gemas en los hombros del Santo. –Ajá, he aquí la mano de “Q” y sus inventos- pensé, confirmando mis sospechas. Como el santo dos croques estaba tapado por obras, y además ya me había dado suficientes croques, salimos de nuevo disparados hacia el crucero. En ese momento no había nadie, y la Puerta Santa se abrió sigilosamente y nos engulló. Nos engulló porque en lugar de salir al espacio exterior (la puerta por fuera seguía cerrada), fuimos a parar a un pasadizo sin salida: al fondo se levantaba formidable, verde, impenetrable, el TELÓN DEL GRELO.

Fragmento del telón del grelo antes de ser abatido por los rayos cachélicos

Fragmento del telón del grelo antes de ser abatido por los rayos cachélicos

Oneguin se sacó un cachelo (o eso parecía) del bolsillo, apuntó hacia el telón y este se abrió, dejando ver una amplia estancia con un enorme caldero en medio. El grelo se volvió a cerrar a nuestras espaldas. De nuevo me cambiaban el guión. En torno al caldero me pareció ver a las brujas de Macbeth pronunciando un conjuro. Me pareció, porque en lugar de:

Fillet of a fenny snake,
In the caldron boil and bake;
Eye of newt, and toe of frog,
Wool of bat, and tongue of dog,
Adder’s fork, and blind-worm’s sting,
Lizard’s leg, and owlet’s wing,—
For a charm of powerful trouble,
Like a hell-broth boil and bubble.

lo que oí fue:

Mouchos, coruxas, sapos e bruxas;
demos, trasnos e diaños;
espíritos das neboadas veigas,
corvos, pintegas e meigas;
rabo ergueito de gato negro
e todos os feitizos das menciñeiras…

Cosa mucho más lógica, si bien se mira. Y mirando bien, bajo las greñas de las meigas que revolvían el caldero, me pareció distinguir unos rasgos familiares. Me pareció, porque bajo el Telón del Grelo, y como ya me había avisado Oneguin, “nada es lo que parece”. En esas la meiga más alta y espigada soltó el cucharón y se dirigió a mi guía:
-Gracias, Evgeni.
-A mandar, jefe.

¿Jefe? ¿Habría yo caído, inocente de mí, en manos de la tétrica organización de la que huía? ¿Sería Oneguin un infiltrado, un traidor, un Judas, que abusando de mi buena fe me habría entregado al enemigo? Pero el saludo del Apóstol, la alusión al Gran Turco, no cuadraban con alguien al servicio de las fuerzas del mal… Advirtiendo mis dudas, la meiga jefa se levantó ligeramente el gorro y la peluca. De inmediato reconocí bajo las greñas al jefe de la misión científica que me había convocado a la ciudad.
-Sosegaos -me dijo, cual si fuera Felipe II-. Creo que tenemos la solución definitiva
Aquellas palabras, unidas a aquel humo, me llenaron de inquietud, he de confesarlo.
– Aquí con mis ayudantes del equipo de I+D+i, creo que hemos encontrado una solución. Explícaselo, “Q”.

Y se adelantó uno de sus ayudantes, que resultó ser efectivamente Q, con gorro de cocinero.
-Asómate al caldero –me dijo con un gesto de invitación. Por si las moscas, me agarré bien fuerte a la manga de Oneguin-. ¿Qué ves en el fondo?
-¡Mis sexenios!
– Exacto. Han sido secuestrados por la secta y se hallan en estado mucilaginoso. Hay que descontaminarlos y dejarlos listos para el consumo.
-Ya… ¿y cómo?
– Muy sencillo, dijo pescando uno de los sexenios: se meten en esta bolsita de plástico con un poco de grelos y de cachelos. El chorizo es opcional. Se cierra herméticamente, así -y aplicó con destreza una especie de precinto-, y se introduce a temperatura controlada a fin de que se inviertan los enlaces químicos y los isótopos nocivos queden neutralizados.
-Y esa inversión de enlaces, ¿funciona con cualquier materia orgánica? Intervino Oneguin, para mi sorpresa. Las fingidas meigas se enzarzaron en acalorada discusión científica.
-Ajá. Buena idea, ya sé por dónde vas…
-Pero, habrá que calcular los tiempos para que no falle…
-Eso está chupado, depende de la masa por la velocidad.
-Ya, pero qué masa?
-Buena pregunta, terció la meiga-jefe. Si se refiere a la masa corporal total, ellos son muchos, pero si se refiere a la masa encefálica globalizada, nos encontramos con valores próximos a cero, y por tanto el procedimiento sería prácticamente instantáneo.
Lo de la “solución definitiva” empezaba a cobrar realidad ante mis ojos. Mis amigos me vengarían, ¡por fin! La secta anequil y sus negras maniobras quedarían borradas de la faz de la tierra para siempre…

Forzas do ar, terra, mar e lume!
a vós fago esta chamada:
se é verdade que tendes máis poder
ca humana xente,
limpade de maldades a nosa terra…

Nubes verdosas con olor a grelo empezaron a condensarse sobre las cabezas de las meigas investigadoras. Los truenos del Apóstol empezaron a oírse cada vez más cerca. Las orgullosas torres de Bolonia empezaban a tambalearse por sus cimientos. El sistema se acercaba a su fin:
¡Al fin!
¡Por fin era libre!
El telón de grelo se levantó e hizo su aparición Leporello, criado de don Juan. Oneguin exclamó, como su antecesor hispano “¡Viva la libertad!” y los tres nos alejamos cantando alegremente con música de Mozart y letra de Lorenzo da Ponte:

Voglio far il gentiluomo,
e non voglio più servir.
no, no, no, no, no, no,
non voglio più servir!

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