Desafectos y Comprometidos. Black Mirror en Bolonia.

Estaba yo inmersa en mis investigaciones históricas, que progresaban a una velocidad de vértigo gracias a las nuevas tecnologías. Revisaba las listas de procesados por desafección y derrotismo en la España del Frente Popular, escudriñando nombres y apellidos en busca de la memoria perdida y sobre todo, por qué no decirlo, a la caza de la historieta amena, interesante y, a ser posible, divertida (si es que tal cosa es posible en plena guerra). Ya llevaba varias pantallas como esta,cuando me llamó la atención un nombre cualquiera de mujer. Quién sabe por qué, mi dedo pinchó su largo expediente: ¡Una portera de Madrid! ¿Acaso no tenían las porteras fama de denunciantes, más que de denunciadas? ¿Qué habría hecho la pobre portera? Me lancé a pasar páginas y páginas, que me trasladaron a abril de 1938, y a una disputa callejera en la que al parecer la portera (con marido comunista e hijo en el frente) había dicho que a ella le daba lo mismo saludar así que asá y que cuando entraran los facciosos ella no tenía nada que temer… Veía los adoquines de la calle desde un balcón, los árboles ya verdes, sentía incluso la brisa primaveral…
Pero lo que sentí de golpe fue una bocanada de aire gélido de la Fontanka en el cogote. Percibí un aroma varonil voluptuoso y elegante, una presencia masculina seductora y arrebatadora, una corriente magnética y electrizante…
-¡Onegin! exclamé al tiempo que giraba rauda en mi silla de Ikea. Allí estaba él, vestido de guionista de Black Mirror.
– Bon soir, ma chère… Saludó zalamero.
-Tenemos que hablar –respondí-
Se encogió levemente como un caracol dentro de su concha, temiendo que le reprochara su larga ausencia y que le pidiera que me devolviera mis cartas.
-Tranquilo, no soy Tatiana, recuerda. Y no te he escrito ninguna carta, pero te seré fiel hasta la muerte.
-¡Ah….! Suspiró aliviado. Me habías asustado. Cuando las mujeres decís eso… Yo que venía a ayudarte…
– ¡Es verdad! Tú siempre te presentas en los momentos de peligro, querido Evgeni… Pero ¿qué peligro? Si ya tengo la Aneca, ya he resucitado mis sexenios, ya estoy en un proyecto de I+D+i, ya tengo encuestas positivas porque apruebo a todos los alumnos y les doy el examen para que lo hagan en casa, incluso estoy a punto de dar el visto bueno a una tesis totalmente plagiada… ¿qué más se puede pedir?
– ¿Con que las encuestas de los alumnos, eh? –dijo Onegin carraspeando-. Mira la pantalla de tu ordenador.
Me di de nuevo la vuelta y vi los resultados de una encuesta a la que había contestado yo… Una encuesta (así se nos dijo) para mejorar el funcionamiento de la Universidad:

Empecé a sudar: ahí lo ponía bien claro: descomprometidos (en rojo), pasivos, ligeramente comprometidos, altamente comprometidos. La vanguardia del proletariado, los paladines de la lucha antifascista, en verde. Los desafectos y descomprometidos, los críticos con el régimen, en rojo

En rojo. Seguro que yo estaba en rojo. Seguro que ya estaba clasificada. Ya veía ante mí la imagen monstruosa y mi nombre tachado en rojo en una siniestra lista…-¿Ahora comprendes? Me dijo Onegin, apoyando protector su mano sobre mis apesadumbrados hombros. He venido para salvarte.
-Ya… ¿pero cómo? –esta vez no veía escapatoria. Ni siquiera podía beber para olvidar. Eso sería la fumigación, el aniquilamiento inmediato… 

-¿Cómo, Oneguin, cómo? –insistí-
– Olvidas de dónde vengo… Moscú, Leningrado… todo eso lo he visto antes: el arte comprometido, el congreso de Karkov…
– Ya… ¿y…?
– Mira cómo voy vestido (efectivamente, según había notado al principio, en lugar de su elegante chaleco de seda y su chistera, llevaba ropa de guionista de Black Mirror. Todo de negro, obviamente. Bastante parecido a un agente de la NKVD, diría yo). Vivimos en un entorno 3.0, o mejor dicho, 4.0…
-Onegin, me asombras. Yo nunca he llegado a entender lo que significa eso –le interrumpí admirada por su jerga de marketing rampante.
– La realidad virtual nos rodea. La única realidad es la virtual, que por eso mismo, deja de serlo (a mí se me estaba desencajando ya la mandíbula de tanto abrir la boca: ¡si Pushkin levantara la cabeza!). No hay aquí ni allí (prosiguió, indicando los dos lados de la pantalla). Mejor dicho, lo que importa es lo que haya al otro lado. Eso es lo REAL, lo único que importa. Tú no existes como tal…
Tan pasmada estaba mirándole y oyéndole que ni siquiera me indigné por lo que había dicho: ¡que yo no existía! Onegin se dio cuenta de mi turbación y precisó:
-No existes… para ellos. Ahora, ¡mira!
Y girando suavemente la silla me puso de nuevo de cara a la pantalla: en lugar de la columna roja, de mi nombre en la columna roja, aparecía la ficha de la portera.
– Pero Evgeni, eso no soluciona nada, ¡a la portera la condenaron a nueve años de trabajos forzados en un campo de concentración!
-Pré-ci-sé-ment, ma petite! a ella la condenarán los de la columna roja (no sé por qué no dijo la columna Durruti, a mí ya todo me daba vueltas), -pero a ti, que ahora estás a este lado, te dejarán en libertad: mira la impresora.
Efectivamente, la impresora empezó a escupir un documento: el sobreseimiento de la causa por falta de pruebas.
– Y eso no es todo –añadió Onegin-. Ahí tienes también tu orden de libertad. Rellena tus datos y no olvides llevarla siempre encima.

Documentos correspondientes a Causa General del A.H.N. Subdirección General de los Archivos Estatales Ministerio de Cultura.España

– ¡Onegin! ¡Mi héroe!
La silla de Ikea salió rodando, golpeando la impresora. Demasiado tarde. La orden obraba en mi poder, y Onegin volvía a llevar su chaleco de seda…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s